HOGAR
...quizás hasta él temía los misterios de Rosebloom, pensó
mientras emergía de la maleza que ocultaba al exterior la
vista del cementerio y salía a un sendero, tan estrecho que el
techo de ramas entrelazadas sin hojas de los árboles apenas le
permitía entrever el cielo. Los arbustos habían
desgarrado su exiguo atavío. Parecía un alma errante,
un fantasma de pálido rostro y cabello ondulado, fugaz e
intangible entre la niebla.
"Estoy en casa"
Reconoció paseos enlosados de gastado mármol que contenían los sepulcros y panteones de las mejores familias de La Capital. Saludó a la pétrea dama inconsolable arrodillada ante la tumba de sus dos pequeños, incapaz de contener el dolor de su rostro. Una vez más, se detuvo ante el monumento de la desafortunada esposa de aquel conocido poeta; sentada al borde de la lápida, la preciosa joven simplemente leía un libro como una mujer de carne y hueso, sí, pero portando un par de alas tan delicadas que durante la luna llena, Rowan se había detenido para rozarlas y comprobar que se trataba de piedra. De forma deliberada, evitó el acceso a la zona más oscura, la zona no consagrada donde enterraban a los suicidas. Oneiza le había advertido que tan sólo era una niña para penetrar en el sector más salvaje de Rosebloom, pues no eran las almas sin descanso de los desgraciados allí inhumados lo que de verdad habría de atemorizarla.
"¿Cuántas cosas no me dijiste, Madre?"
Realmente, ahora estaba en casa. Dejó atrás un arco de piedra que no eran sino un par de ángeles abrazados en su cúspide, mordiéndose el labio para contener el llanto, apartando la mirada de los montones de tierra oscura salpicada de cenizas, de los rostros destrozados de las estatuas,de las cruces caídas y sólo levantó los ojos cuando se supo frente a un discreto panteón de granito oscurecido por la lluvia y el tiempo. No quiso mirar, pues sabía que lo remataba una pequeña cúpula de piedra coronada por una discreta cruz de hierro. Una de las vidrieras del lateral estaría destrozada, y lo lamentaba de veras aunque jamás hubiese rezado a esa Dama, pero siempre le había agradado la expresión maternal de Nuestra Señora; no había conocido madre y le gustaba pensar que quizás durante un segundo, alguien la había mirado tan incondicional y amorosamente. Y sabía que ningún nombre identificaba a los moradores de aquel lugar, sólo un dragón de alas desplegadas tallado sobre la entrada, una advertencia, el linaje del dragón no se había extinguido con las hogueras o las persecuciones.
Ni siquiera habían cambiado la cerradura, pues sólo hubo de empujar la pesada puerta de madera. Tampoco le extrañó, pues nadie había de su sangre en La Capital para preocuparse de aquel tipo de detalles; de hecho, a pesar de la completa oscuridad, comprobó que quienquiera que fuese (¿las autoridades, quizás?) se había limitado a amontonar en un rincón los restos destrozados de la losa de piedra que cubría su sepulcro.
- Hola -susurró.
Sin obedecer a ningún razonamiento lógico, se encaramó de un salto hasta su ataúd. Raso rojo, suave y brillante. Se sentó en su interior, las rodillas contra el pecho. Aspiró el aire fresco y húmedo que se colaba por la puerta abierta y la vidriera destrozada con deleite, consciente de cada sonido, de cada susurro, del mismo silencio, de su completa soledad. ¿Qué iba a ser de ella? Si tenía la suerte de escapar del Jerarca, ¿cuál sería su siguiente movimiento? Ignoraba todo acerca de las posibles ramificaciones de la Realeza en el continente aunque era una opción más segura que permanecer en La Capital; una vez allí, pensaría qué hacer.
Para viajar, se necesitaba dinero y ella carecía del mismo. Cuando se vive eternamente, unas monedas dejan de tener importancia...















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